martes, 24 de febrero de 2015

Caer y volver a levantarse

La polivalencia de la vanidad es sospechosamente amplia. Siempre he creído que la invencibilidad depende de cada uno y también la vulnerabilidad. Lo que me lleva a pensar que nos podemos llevar a creer invencibles en ciertos momentos de la vida, y no lo somos tanto por haber descuidado nuestras líneas de defensa que creíamos cubiertas, habiendo depositado confianza en terceros.

Cualquier estrategia tiene sus puntos débiles, lo incorrecto es subestimar esas grietas en la muralla. Lo que realmente quiero decir, dejémonos de líos, es que existe la posibilidad de que alguien te falle, es una realidad terriblemente dolorosa.

Lo que no puedo hacer por mucho que me haya dolido es dejar de confiar en los demás porque alguien me haya fallado en el pasado. Hay que seguir apostando por la gente, a pesar que esa confianza nos haya supuesto una derrota.

Siguen existiendo en mi vida líneas de defensa que desde mi puesto de observación juzgo inquebrantables por muy fuerte que sea el envite del enemigo. Sostengo mi esperanza firme sobre la gente que me rodea. Y me gusta que sepan que lo hago sin reparos.

Esos son nuestros puntos fuertes, y lo demás poco importa. Por mucho que griten.

domingo, 15 de febrero de 2015

Presencias impresas

A veces en nuestras vidas coinciden momentos muy concretos con ciertas personas, ideas o grupos de música, que provocan que los recibamos con mayor intensidad, quizás, de lo que en realidad les corresponde. Momentos en los que parece lógico abrazar y aplaudir ciertas cosas, y no concebimos la posibilidad de error.

Puede que esas ideas te ofreciesen, al final, un nuevo problema por cada solución, que esas personas no fuesen más que una promesa incumplida, o que ese grupo no sonase tan genial.

Pero lo cierto es que cuando uno de esas personas, ideas o grupos de música deciden desaparecer, uno no puede evitar pensar que ha perdido algo más que un puñado de buenas canciones.

domingo, 1 de febrero de 2015

Heridas olvidadas

Los hijos de los perdedores perdieron dos veces, para ellos quedan reservadas las miradas altivas, y los discursos amargamente compasivos de los vencedores.

Perdieron dos veces porque lo hicieron sin coger un fusil, ni luchar por lo que creían. Por eso algunos aún guardamos debajo de la cama las armas de nuestros padres, por si algún día nos llega el momento de hacerlo. Me dice mientras se escupe las manos y sigue cavando.

Es un pueblo pequeño, y en el nuevo cementerio de las afueras las cosas se siguen haciendo como siempre. La gente se muere en sus camas con un cura esperando para la extrema unción, mientras en el cementerio un conocido cava tu tumba, y los hombres y mujeres salen de luto riguroso a la puertas de sus casas, para unirse en lenta procesión que serpentea colina arriba bajo el agotador sol de castilla.

Es el viejo ritual de la muerte que la España de blanco y negro lleva siglos practicando.

Él los conoce a todos, los de un bando y los de otro, ha crecido y vivido con ellos y sus pequeñas historias particulares. Mientras los políticos de todos los colores hablaban de reabrir las heridas y recordar, él se empeña en seguir respetando el olvido.

Por eso cuando termina de cavar siempre desliza una bandera en el ataúd, distinta según quien sea el nuevo inquilino. El ya no cree en la justicia de los hombres, pero si en la de Dios, al menos en la de su Dios. Un Dios que le ha prometido a sus padres la justicia que no tuvieron en la tierra, y del que espera, me dice, sepa distinguir a unos y otros.

En el fondo le entiendo, los dioses y las banderas siempre han sido el refugio perfecto para ocultar todo lo irracional que llevamos dentro, por eso al despedirme llevo su trozo de tela guardado en la bolsillo.

Fue el único favor que me pidió. Mi abuelo era así, sus principios respetaban a los demás, pero no olvidaba de dónde venía y quién eran los suyos.