Los hijos de los perdedores perdieron dos veces, para ellos quedan reservadas las miradas altivas, y los discursos amargamente compasivos de los vencedores.
Perdieron dos veces porque lo hicieron sin coger un fusil, ni luchar por lo que creían. Por eso algunos aún guardamos debajo de la cama las armas de nuestros padres, por si algún día nos llega el momento de hacerlo. Me dice mientras se escupe las manos y sigue cavando.
Es un pueblo pequeño, y en el nuevo cementerio de las afueras las cosas se siguen haciendo como siempre. La gente se muere en sus camas con un cura esperando para la extrema unción, mientras en el cementerio un conocido cava tu tumba, y los hombres y mujeres salen de luto riguroso a la puertas de sus casas, para unirse en lenta procesión que serpentea colina arriba bajo el agotador sol de castilla.
Es el viejo ritual de la muerte que la España de blanco y negro lleva siglos practicando.
Él los conoce a todos, los de un bando y los de otro, ha crecido y vivido con ellos y sus pequeñas historias particulares. Mientras los políticos de todos los colores hablaban de reabrir las heridas y recordar, él se empeña en seguir respetando el olvido.
Por eso cuando termina de cavar siempre desliza una bandera en el ataúd, distinta según quien sea el nuevo inquilino. El ya no cree en la justicia de los hombres, pero si en la de Dios, al menos en la de su Dios. Un Dios que le ha prometido a sus padres la justicia que no tuvieron en la tierra, y del que espera, me dice, sepa distinguir a unos y otros.
En el fondo le entiendo, los dioses y las banderas siempre han sido el refugio perfecto para ocultar todo lo irracional que llevamos dentro, por eso al despedirme llevo su trozo de tela guardado en la bolsillo.
Fue el único favor que me pidió. Mi abuelo era así, sus principios respetaban a los demás, pero no olvidaba de dónde venía y quién eran los suyos.
Perdieron dos veces porque lo hicieron sin coger un fusil, ni luchar por lo que creían. Por eso algunos aún guardamos debajo de la cama las armas de nuestros padres, por si algún día nos llega el momento de hacerlo. Me dice mientras se escupe las manos y sigue cavando.
Es un pueblo pequeño, y en el nuevo cementerio de las afueras las cosas se siguen haciendo como siempre. La gente se muere en sus camas con un cura esperando para la extrema unción, mientras en el cementerio un conocido cava tu tumba, y los hombres y mujeres salen de luto riguroso a la puertas de sus casas, para unirse en lenta procesión que serpentea colina arriba bajo el agotador sol de castilla.
Es el viejo ritual de la muerte que la España de blanco y negro lleva siglos practicando.
Él los conoce a todos, los de un bando y los de otro, ha crecido y vivido con ellos y sus pequeñas historias particulares. Mientras los políticos de todos los colores hablaban de reabrir las heridas y recordar, él se empeña en seguir respetando el olvido.
Por eso cuando termina de cavar siempre desliza una bandera en el ataúd, distinta según quien sea el nuevo inquilino. El ya no cree en la justicia de los hombres, pero si en la de Dios, al menos en la de su Dios. Un Dios que le ha prometido a sus padres la justicia que no tuvieron en la tierra, y del que espera, me dice, sepa distinguir a unos y otros.
En el fondo le entiendo, los dioses y las banderas siempre han sido el refugio perfecto para ocultar todo lo irracional que llevamos dentro, por eso al despedirme llevo su trozo de tela guardado en la bolsillo.
Fue el único favor que me pidió. Mi abuelo era así, sus principios respetaban a los demás, pero no olvidaba de dónde venía y quién eran los suyos.
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