De vez en cuando es una cosa agradable un momento de locura. Un poco de locura nos hace mucha falta, a ver si nos cura esta carga del sentido común que nos tiene ahogados y que nos intenta empujar a actuar con lógica frente a situaciones que emocionalmente deberían carecer de ella.
La lógica es buena en los razonamientos, pero en la vida real, no sirve para nada. No quiero deciros con esto que actueis sin sentimientos frente a la vida diaria, al contrario, debéis cargar vuestros actos cotodianos de sentimientos, pues son estos los que dan razón a las cosas. Según la lógica todo tiene un porqué, estaría bien tener la respuesta a éste.
Mucho me temo que nadie la tiene.
martes, 23 de junio de 2015
martes, 24 de febrero de 2015
Caer y volver a levantarse
La polivalencia de la vanidad es sospechosamente amplia. Siempre he creído que la invencibilidad depende de cada uno y también la vulnerabilidad. Lo que me lleva a pensar que nos podemos llevar a creer invencibles en ciertos momentos de la vida, y no lo somos tanto por haber descuidado nuestras líneas de defensa que creíamos cubiertas, habiendo depositado confianza en terceros.
Cualquier estrategia tiene sus puntos débiles, lo incorrecto es subestimar esas grietas en la muralla. Lo que realmente quiero decir, dejémonos de líos, es que existe la posibilidad de que alguien te falle, es una realidad terriblemente dolorosa.
Lo que no puedo hacer por mucho que me haya dolido es dejar de confiar en los demás porque alguien me haya fallado en el pasado. Hay que seguir apostando por la gente, a pesar que esa confianza nos haya supuesto una derrota.
Siguen existiendo en mi vida líneas de defensa que desde mi puesto de observación juzgo inquebrantables por muy fuerte que sea el envite del enemigo. Sostengo mi esperanza firme sobre la gente que me rodea. Y me gusta que sepan que lo hago sin reparos.
Esos son nuestros puntos fuertes, y lo demás poco importa. Por mucho que griten.
Cualquier estrategia tiene sus puntos débiles, lo incorrecto es subestimar esas grietas en la muralla. Lo que realmente quiero decir, dejémonos de líos, es que existe la posibilidad de que alguien te falle, es una realidad terriblemente dolorosa.
Lo que no puedo hacer por mucho que me haya dolido es dejar de confiar en los demás porque alguien me haya fallado en el pasado. Hay que seguir apostando por la gente, a pesar que esa confianza nos haya supuesto una derrota.
Siguen existiendo en mi vida líneas de defensa que desde mi puesto de observación juzgo inquebrantables por muy fuerte que sea el envite del enemigo. Sostengo mi esperanza firme sobre la gente que me rodea. Y me gusta que sepan que lo hago sin reparos.
Esos son nuestros puntos fuertes, y lo demás poco importa. Por mucho que griten.
domingo, 15 de febrero de 2015
Presencias impresas
A veces en nuestras vidas coinciden momentos muy concretos con ciertas personas, ideas o grupos de música, que provocan que los recibamos con mayor intensidad, quizás, de lo que en realidad les corresponde. Momentos en los que parece lógico abrazar y aplaudir ciertas cosas, y no concebimos la posibilidad de error.
Puede que esas ideas te ofreciesen, al final, un nuevo problema por cada solución, que esas personas no fuesen más que una promesa incumplida, o que ese grupo no sonase tan genial.
Pero lo cierto es que cuando uno de esas personas, ideas o grupos de música deciden desaparecer, uno no puede evitar pensar que ha perdido algo más que un puñado de buenas canciones.
Puede que esas ideas te ofreciesen, al final, un nuevo problema por cada solución, que esas personas no fuesen más que una promesa incumplida, o que ese grupo no sonase tan genial.
Pero lo cierto es que cuando uno de esas personas, ideas o grupos de música deciden desaparecer, uno no puede evitar pensar que ha perdido algo más que un puñado de buenas canciones.
domingo, 1 de febrero de 2015
Heridas olvidadas
Los hijos de los perdedores perdieron dos veces, para ellos quedan reservadas las miradas altivas, y los discursos amargamente compasivos de los vencedores.
Perdieron dos veces porque lo hicieron sin coger un fusil, ni luchar por lo que creían. Por eso algunos aún guardamos debajo de la cama las armas de nuestros padres, por si algún día nos llega el momento de hacerlo. Me dice mientras se escupe las manos y sigue cavando.
Es un pueblo pequeño, y en el nuevo cementerio de las afueras las cosas se siguen haciendo como siempre. La gente se muere en sus camas con un cura esperando para la extrema unción, mientras en el cementerio un conocido cava tu tumba, y los hombres y mujeres salen de luto riguroso a la puertas de sus casas, para unirse en lenta procesión que serpentea colina arriba bajo el agotador sol de castilla.
Es el viejo ritual de la muerte que la España de blanco y negro lleva siglos practicando.
Él los conoce a todos, los de un bando y los de otro, ha crecido y vivido con ellos y sus pequeñas historias particulares. Mientras los políticos de todos los colores hablaban de reabrir las heridas y recordar, él se empeña en seguir respetando el olvido.
Por eso cuando termina de cavar siempre desliza una bandera en el ataúd, distinta según quien sea el nuevo inquilino. El ya no cree en la justicia de los hombres, pero si en la de Dios, al menos en la de su Dios. Un Dios que le ha prometido a sus padres la justicia que no tuvieron en la tierra, y del que espera, me dice, sepa distinguir a unos y otros.
En el fondo le entiendo, los dioses y las banderas siempre han sido el refugio perfecto para ocultar todo lo irracional que llevamos dentro, por eso al despedirme llevo su trozo de tela guardado en la bolsillo.
Fue el único favor que me pidió. Mi abuelo era así, sus principios respetaban a los demás, pero no olvidaba de dónde venía y quién eran los suyos.
Perdieron dos veces porque lo hicieron sin coger un fusil, ni luchar por lo que creían. Por eso algunos aún guardamos debajo de la cama las armas de nuestros padres, por si algún día nos llega el momento de hacerlo. Me dice mientras se escupe las manos y sigue cavando.
Es un pueblo pequeño, y en el nuevo cementerio de las afueras las cosas se siguen haciendo como siempre. La gente se muere en sus camas con un cura esperando para la extrema unción, mientras en el cementerio un conocido cava tu tumba, y los hombres y mujeres salen de luto riguroso a la puertas de sus casas, para unirse en lenta procesión que serpentea colina arriba bajo el agotador sol de castilla.
Es el viejo ritual de la muerte que la España de blanco y negro lleva siglos practicando.
Él los conoce a todos, los de un bando y los de otro, ha crecido y vivido con ellos y sus pequeñas historias particulares. Mientras los políticos de todos los colores hablaban de reabrir las heridas y recordar, él se empeña en seguir respetando el olvido.
Por eso cuando termina de cavar siempre desliza una bandera en el ataúd, distinta según quien sea el nuevo inquilino. El ya no cree en la justicia de los hombres, pero si en la de Dios, al menos en la de su Dios. Un Dios que le ha prometido a sus padres la justicia que no tuvieron en la tierra, y del que espera, me dice, sepa distinguir a unos y otros.
En el fondo le entiendo, los dioses y las banderas siempre han sido el refugio perfecto para ocultar todo lo irracional que llevamos dentro, por eso al despedirme llevo su trozo de tela guardado en la bolsillo.
Fue el único favor que me pidió. Mi abuelo era así, sus principios respetaban a los demás, pero no olvidaba de dónde venía y quién eran los suyos.
sábado, 31 de enero de 2015
Que el camino de la vida no es llano, sino que está compuesto de subidas y bajadas, es un hecho que comprobamos todos.
De lo que se trata es de relacionarse con las compañías adecuadas, que profesan una incomprensible tenacidad por seguir a nuestro lado, y que muchas veces no nos percatamos que nuestros problemas se ven minimizados gracias a su compañía.
A veces no somos conscientes de ellos, otras no queremos compartir el camino con ellos, por procurarles algún alivio, destruyendo su tesón por ayudarnos.
Hoy quiero dedicar a todos esos amigos de sus amigos, compañeros, padres, hermanos, que durante su vida entregan momentos a los que tienen a su lado, de forma completamente gratuita y sin esperar nada a cambio. Cuidar de esos seres sencillamente únicos.
Y sobre todo, procurar convertiros en uno de ellos.
De lo que se trata es de relacionarse con las compañías adecuadas, que profesan una incomprensible tenacidad por seguir a nuestro lado, y que muchas veces no nos percatamos que nuestros problemas se ven minimizados gracias a su compañía.
A veces no somos conscientes de ellos, otras no queremos compartir el camino con ellos, por procurarles algún alivio, destruyendo su tesón por ayudarnos.
Hoy quiero dedicar a todos esos amigos de sus amigos, compañeros, padres, hermanos, que durante su vida entregan momentos a los que tienen a su lado, de forma completamente gratuita y sin esperar nada a cambio. Cuidar de esos seres sencillamente únicos.
Y sobre todo, procurar convertiros en uno de ellos.
sábado, 17 de enero de 2015
Días que no volverán
Hay muchas cosas en la vida que sólo suceden una vez. Lo normal es que uno piense que es una lástima. A todo el mundo le gustaría revivir algún momento en especial, uno de esos momentos que sólo suceden una vez y que estaría dispuesto a repetir un día tras otro con la esperanza de nunca hartarse. No nos engañemos, esos momentos son los menos.
Cuando hablamos de las cosas que sólo ocurren una vez también pensamos en todo aquello que nos ha sucedido y que esperamos de todo corazón que jamás se repita. De estos momentos hay unos cuantos. Lo normal es que juntemos una buena cantidad de malos tragos para pasar uno de los buenos.
Y luego, hay acontecimientos que suceden una vez en la vida y que no hace falta que se repitan, porque te ponen la existencia patas arriba, y tu vida, tal y como la conocías, deja de existir. Hoy hace ya dos años, en una mañana gris y lluviosa, el buen Dios se llevó a Kike de nuestro lado.
A todos nos supuso un golpe indescriptible, que cambió de forma irremediable nuestra vida para siempre, sin oportunidad de despertarnos para descubrir que habia sido un mal sueño.
Mi pequeño homenaje, para aquella persona que siempre me animó a seguir escribiendo, que me ayudó por encima de las consideraciones oportunas y que me enseñó a vivir peligrosamente.
Para todos tus amigos, sabemos que parte de aquí sigue estando aquí.
Cuando hablamos de las cosas que sólo ocurren una vez también pensamos en todo aquello que nos ha sucedido y que esperamos de todo corazón que jamás se repita. De estos momentos hay unos cuantos. Lo normal es que juntemos una buena cantidad de malos tragos para pasar uno de los buenos.
Y luego, hay acontecimientos que suceden una vez en la vida y que no hace falta que se repitan, porque te ponen la existencia patas arriba, y tu vida, tal y como la conocías, deja de existir. Hoy hace ya dos años, en una mañana gris y lluviosa, el buen Dios se llevó a Kike de nuestro lado.
A todos nos supuso un golpe indescriptible, que cambió de forma irremediable nuestra vida para siempre, sin oportunidad de despertarnos para descubrir que habia sido un mal sueño.
Mi pequeño homenaje, para aquella persona que siempre me animó a seguir escribiendo, que me ayudó por encima de las consideraciones oportunas y que me enseñó a vivir peligrosamente.
Para todos tus amigos, sabemos que parte de aquí sigue estando aquí.
sábado, 3 de enero de 2015
La aventura de la vida
En 1527, Francisco de Pizarro trazó una línea en la arena de la playa de la Isla del Gallo. Retó a sus hombres a escoger uno u otro lado de la raya: el que les llevaría a Panamá a ser pobres, o el que les conduciría a acompañarle a Perú para ser ricos.
Sólo trece miembros de su tripulación cruzaron aquella línea y le secundaron en su aventura, que terminaría por llevarle a su destino soñado.
A veces pienso en este pequeñísimo fragmento de la Historia. Leí sobre él hace mucho tiempo y desde entonces me sobreviene de vez en cuando esa escena. Esa línea. Esa playa.
La única diferencia es que en este caso sólo estoy yo, no tengo tripulación a la que convencer. Y la línea representa la división entre la estabilidad anodina y rutinaria, pero segura, y la aventura y la libertad que esperan tras cada idea fugaz, tras cada sueño inesperado.
En ocasiones siento que llevo demasiado tiempo a este lado de la línea, que va siendo hora de cruzarla, de equivocarme con gallardía o con estupidez, y de hacer de mi vida lo que sólo a veces me atrevo a soñar.
Sólo trece miembros de su tripulación cruzaron aquella línea y le secundaron en su aventura, que terminaría por llevarle a su destino soñado.
A veces pienso en este pequeñísimo fragmento de la Historia. Leí sobre él hace mucho tiempo y desde entonces me sobreviene de vez en cuando esa escena. Esa línea. Esa playa.
La única diferencia es que en este caso sólo estoy yo, no tengo tripulación a la que convencer. Y la línea representa la división entre la estabilidad anodina y rutinaria, pero segura, y la aventura y la libertad que esperan tras cada idea fugaz, tras cada sueño inesperado.
En ocasiones siento que llevo demasiado tiempo a este lado de la línea, que va siendo hora de cruzarla, de equivocarme con gallardía o con estupidez, y de hacer de mi vida lo que sólo a veces me atrevo a soñar.
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